Fue llamado a ser un elegido. Que supo de sufrimiento con la camiseta celeste y blanca a bastones pero que ahora, en los últimos tramos de su carrera y con el desahogo de la obtención de la Copa América, se permitió disfrutar. Y de la mano de ese cambio de actitud, Lionel Messi le da constantemente alegrías al público argentino y se da el lujo de ir por todo: en una misma noche, marcó tres tantos, igualó el récord (con el primer gol) que ostentaba Pelé hace 50 años, con la segunda conversión lo superó y con el tercer tanto, amplió la ventaja como para validar algo que ya tenía su sello impregnado. Con estos 79 gritos de gol con la camiseta albiceleste, La Pulga se ha erigido como el máximo goleador sudamericano, a nivel selecciones.

Llegó el final del encuentro, el abrazo con su verdugo, el arquero boliviano, Carlos Lampe, y la hora de declarar con lágrimas en los ojos. Para hablar de ese sufrimiento, para dedicárselo a todos y salir a celebrar con sus compañeros, que lo elevan a nivel Dios, una vez más, por si necesitaba de otro mimo. Por si el calor del público argentino en una noche magnífica le era insuficiente. 

La noche especial había arrancado muy temprano con la primera anotación. Que encima fue un golazo. Y el festejo, singular. Y el marco, el ideal: porque había marcado su gol número 77 con la Selección Argentina y de esta manera había alcanzado la marca que ostentaba Pelé, como máximo goleador histórico en el fútbol de Selecciones Sudamericanas

De esta manera, la Pulga habia empatado la marca al convertir un golazo de antología en el Estadio Monumental. Un logro que llevaba 50 años vigente y que tuvo que aparecer el crack argentino para, por ese entonces, igualarlo. 

Transcurrían apenas 13 minutos del partido ante Bolivia y Lio diagramó su obra de arte: recibió en tres cuartos de cancha; metió un pique corto con el balón dominado y ensayó un caño a un rival, a la pasada nomás; y al acercarse al área abrió el pie izquierdo y con ese pincel prodigioso, con la cara interna, colocó el balón pegado al palo y a media altura. Hizo estéril el esfuerzo de Carlos Lampe, quien terminó tirándose al piso pero una vez que el balón ya había ingresado. 

Salió a festejarlo con los brazos abiertos, besó su camiseta, se marcó el pecho y el Monumental deliró con semejante pieza cultural. Todo, en una noche mágica. Con la vuelta del público, con los festejos por la Copa América obtenida. Con tamaña escultura que será guardada para siempre, en el rincón futbolero del corazón de cada hincha albiceleste. 

 
Más tarde llegó el segundo gol que fue otra pinturita por la jugada colectiva y la pared que edificó junto a Joaquín Correa. Frustrada definición de zurda y culminación, tras capturar un rebote, con la "Boba": sí, con la derecha. 
 
 
Y muchos minutos después, su sed de ir por más no encontraba algo que la dé por saciada. Actor fundamental de la jugada previa y cuando su papel ya había terminado, cuando no tenía más letra y se retiraba del escenario, capturó un rebote para sellar un hat trick inolvidable. La noche de empardar una marca que llevaba medio siglo, luego superarla y más tarde, aniquilarla. La noche Monumental de un chiquito que debió esforzarse para crecer, pelear para ganar, sufrir para gozar y pintar tres preciosuras para subirse a un podio, que le tenía reservado su sitial para cualquier momento. 
 
 

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