Que el 90% de un estadio y todo un país grite hasta quedar ronco el gol de uno, supone una de las experiencias más emotivas que un héroe, más aún cuando es impensado, puede tener. Marcos Rojo hizo posible que la Argentina amanezca como hacía mucho no ocurría: feliz, ilusionada. Su tanto, de los más festejados de los últimos 20 años de la historia de la Selección, fue el premio a alguien que la peleó siempre.

Y no sólo en medio de los cuestionamientos cuando se hablaba de su posible citación para el Mundial estando lesionado, sino desde que era chiquito cuando comprendió que debía crecer de golpe ante las necesidades de sus humildes padres.

Nació en el barrio El Triunfo, en las afueras de La Plata en marzo de 1990 en medio de una grave crisis que golpeó a todo un país, y más aún a los sectores más pobres entre los que se encontraban mamá Karina y papá Tití. La mujer se encargaba de los quehaceres de la casa mientras el hombre se ganaba los mangos vendiendo churros y en otras ocasiones, flores.

Las cosas para la familia cambiaron cuando Marcos, el mayor de los cinco hermanos Rojo, empezó a ilusionar con su amor por el fútbol. Así empezó a jugar en el club Las Malvinas, luego en San Martín hasta ser fichado en las inferiores de Estudiantes. Allí llegó por gestión de un amigo de su padre, de nombre Fabio, que lo vio jugar en Las Malvinas. 

Su medio de transporte en los inicios fue la misma bicicleta que utilizaba su papá. Con calor, frío o lluvia, se movilizaba en dos ruedas.

En el Pincha se fue destacando permanentemente hasta que en 2008 le llegó la chance de debutar en Primera de la mano de Alejandro Sabella. Al año siguiente levantó la Libertadores y a los pocos meses estaba enfrentando nada menos que a Lionel Messi, en la definición del Mundial de Clubes que a Estudiantes se le fue por dos minutos. Vale aclarar que dos días atrás, era La Pulga quien se colgaba de su humanidad para abrazarlo efusivamente y decirle "Gracias". Porque la obra de Marcos puede marcar un punto de inflexión en la campaña argentina en Rusia.

Pasó por el Spartak de Moscú, Sporting Lisboa hasta llegar a su actual club, el Manchester United. Jugó el Mundial de Brasil, donde también le convirtió un gol a Nigeria

En la Copa América de Estados Unidos le pegaron duro por hacerse expulsar en la final con Chile cuando el rival estaba con uno menos. Sus convocatorias no fueron bien observadas y es justo reconocer que antes de éste partido con Nigeria, era uno de los más resistidos. 

Su gol del martes, definiendo como un número 9, le devolvió la fe al pueblo argentino. Y allá en La Plata, todos celebraron frente a la que sigue siendo una humilde casa y habitan los Rojo. Por Marcos, orgullo de la familia, el fútbol argentino encontró un nuevo salvador. Sus padres, la ama de casa Carina y el vendedor de churros Tití, gritan a los cuatro vientos: ese es nuestro hijo. Lo bien que hacen.

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