Héctor Adolfo Enrique fue un jugador de un talento y una categoría impresionante. Muchas veces la platea San Martín del Monumental, muy exigente, se paró para aplaudirlo. Nació y se despidió en Lanús. Fue, además de anotar goles importantes, un excelente recuperador y un  asistidor histórico. Fue, de hecho, quien le dio el pase a Diego Maradona para que éste convirtiera el mejor gol de los mundiales, justo contra Inglaterra, cuando se conquistó la Copa del Mundo en 1986. Y quien habilitó al querido e inmortalizado Búfalo Funes para ganarle al América de Cali y para que River conseguiera su primera Libertadores, en ese mismo año.  

El Negro Enrique debutó en River en 1984 y rápidamente lo ubicaron en el puesto que había dejado J.J. López dos años antes, y sin dudas él logró reemplazarlo con notable calidad. En el plantel riverplatense ganó todo lo que quiso, dos campeonatos locales, la Copa Libertadores, la Intercontinental y la Interamericana. Y para rematarla, fue campeón del mundo con la albiceleste. 

La felicidad del Negro, junto a la Copa del Mundo que ayudó a conquistar.

– ¿Qué sentiste cuando le diste el pase a Diego en aquél partido contra Inglaterra?

Cuando la recibí del “Cuchu” (Cucciufo), sabía que Diego después de hacer el rodeo anotaba. El partido con Inglaterra fue inolvidable, era una batalla de una carga emocional tremenda. Lo que grité ese gol me dejó afónico…

- ¿Ese Mundial fue una especie de revancha para todos ustedes?

- No tanto, pero pensar que fuimos con un plantel muy resistido, después de haber hecho unas eliminatorias malas, y hasta pidieron la renuncia de Bilardo. Pero en la Copa la rompimos y fuimos justos campeones. Fue una satisfacción enorme, para nosotros y para todos los argentinos.

¿Messi o Maradona?

–Lionel es un jugador de otro planeta, un genio. Me gustaría que uno de mis nietos jugase el veinte por ciento de lo que juega Messi. Pero como conozco tanto a Diego, prefiero a Maradona. Son distintos tiempos, en la época de Diego estaban permitidas las primeras 15 patadas. Él se las bancaba y después te pintaba la cara, un tipo diferente a todos. Además de haber jugado, y entrenado a su lado, trabajé en su cuerpo técnico cuando dirigió la selección argentina.

Enrique, como la mayoría de su generación, elige a Diego por sobre Messi.

¿Imagino que haber jugado en River fue el momento más feliz de tu trayectoria?

Absolutamente. El equipo lo armó Adolfo Pedernera, y luego el Bambino Veira le dio la impronta. Hubo momentos imborrables de esa época. Cuando lo habilité al fenómeno del “Búfalo” Funes y ganamos la primera Libertadores, después ganar la Intercontinental, las vueltas olímpicas en la Bombonera con la genialidad del Beto Alonso y la pelota naranja. Son cosas que te regaló el fútbol y no podés olvidarlo jamás.

– ¿Qué pensás de Marcelo Gallardo?

–Como jugador, muy inteligente, de una pegada sensacional, me llamó la atención que era siempre el más atento del equipo. Como técnico ojalá no se vaya nunca de River, es reconocido por los mejores técnicos del mundo. Me gustaría verlo dirigir la Selección. Ha logrado títulos notables, un gran estratega. Pero sostengo que nosotros en el ’86 teníamos mejor plantel del que tiene hoy Gallardo.

– ¿Fue importante tu debut y despedida en Lanús?

Fue algo sagrado para mí el Granate. Quiero destacar mi profundo afecto al uruguayo Ricardo Acosta Bonet, un tipazo como pocos. Fue algo increíble mi debut en la Primera, cuando estábamos en la ‘C’. Resulta que jugando en la quinta división, me mandé una macana y me suspendieron 19 fechas. Le dije a mi hermano mayor, Ramón, que hablara con el técnico para que me dejara entrenar con la primera, para no perder motivación. Le fue a hablar al maestro Manuel Guerra y me puso unos minutos frente a Tristán Suárez y convertí dos golazos. Terminó el encuentro y expresó: “Este Negrito es titular”. "Pero lo suspendieron 19 fechas", le dijeron, y ahí todos largaron una carcajada…. Pero él me esperó todo ese tiempo y apenas cumplí la sanción, me puso de titular; un monstruo. Después, colgué los botines en ese club, mi rodilla no respondía más. Por eso el cariño por esta institución es permanente.

Por Alfredo Luis Di Salvo  

 

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