Misma situación, mismo desenlace. Y, otra vez, dejando una espina clavada que sigue doliendo. Porque 24 años después de aquella definición en el Mundial de Italia 90, donde Alemania se imponía con un polémico penal, Argentina revivió esa pesadilla un 13 de julio en la final de Brasil 2014 donde, a pesar de haber hecho los meritos para ser el campeón, de nuevo se fue con las manos vacías gracias a aquel gol de Mario Götze.

Como hacía mucho tiempo no pasaba, el Seleccionado de Alejandro Sabella pisaba fuerte y con fundamentos en una cita mundialista. Había ganado el Grupo E tras imponerse en sus tres partidos: 2-1 a Bosnia y Herzegovina, 1-0 a Iran y 3-2 a Nigeria. Luego, en octavos, sufrió pero bajó a Suiza (1-0), se sacó de encima al siempre duro Bélgica en cuartos (1-0) y en semis contó con un heroico Chiquito Romero para ganarle por penales a Países Bajos por 4-2 tras el 0-0 en los 120 minutos.

Del otro lado aparecía la siempre candidata Alemania de Joachim Löw, que había punteado en el Grupo G tras ganarle 4-0 a la Portugal de Cristiano Ronaldo y 1-0 a Estados Unidos, y empatar 2-2 contra Ghana. Luego había sufrido para despachar a la soprendente Argelia en octavos (2-1), se libró de Francia al vencerlo 1-0 en cuartos y destrozó a Brasil en semifinales con aquel demoledor e inolvidable 7-1.

El festejo de los alemanes, que pegaron en el momento justo y se llevaron todo.

Argentina llegó a esa final con Lionel Messi como la punta de lanza de un equipo que, si bien no lucía demasiado, tenía una muy clara idea de juego, con una defensa fuerte, un mediocampo ordenado y un ataque al que, si bien no le sobraba gol, había aparecido cuando se lo necesitaba. Sin embargo, los teutones estaban fortalecidos por aquel baile al local y con un equipo cuyos mejores valores estaban en el pico de su rendimiento.

Lo planteó con inteligencia

Tenido en cuenta esto, la Selección salió a esperar al rival. Sabella dispuso que formara con Sergio Romero; Pablo Zabaleta, Ezequiel Garay, Martín Demichelis y Marcos Rojo; Lucas Biglia, Javier Mascherano y Enzo Pérez; Ezequel Lavezzi, Lionel Messi y Gonzalo Higuaín. Luego ingresaron Sergio Agüero, Rodrigo Palacio y Fernando Gago.

Fue un equipo corto para robar y salir rápido. Funcionó en el primer tiempo, cuando casi sin la pelota generó el mismo o más peligro que los europeos. En el segundo tiempo, no fue bueno el cambio de Agüero, en muy baja forma, por Lavezzi, de lo mejor de la mitad inicial. La selección se fue diluyendo y la defensa y el medio no aguantaron después de tanto desgaste. Con tres suplementarios, la Argentina jugó un partido más en el Mundial.

Es verdad que la Albiceleste pudo dar el salto si Higuaín acertaba en el primer tiempo, o si Messi no fallaba al minuto del segundo tiempo, o si Palacio convertía cuando quedó solo de cara al arquero en el primer tiempo suplementario, generando el famoso "era por abajo". Y ni que hablar de si el árbitro italiano Nicola Rizzoli hubiese cobrado el grosero penal de Neuer al Pipita. 

La imagen que resume la tristeza argentina: Lionel Messi deseando tener la copa en sus manos.

Lo cierto es que, en el fatídico minuto 113 y cuando todo parecía indicar que el campeón mundial se definía en los penales, llegó la puñalada: desborde y centro de Schürrle, la pelota que cayó entre los centrales y una volea de Götze enterró el sueño argentino. Era el primer gol que la selección recibía desde la etapa de grupos y, justo, en el peor momento, cuando las piernas ya no reaccionaban. Y adiós al sueño de todo un país.

Si bien la derrota argentina fue digna por donde se la mire, el dolor de que se haya escapado una final a la que no se accedía desde hacia 24 años caló hondo. Y, como resumen perfecto de aquel partido y de aquella final, quedó la imagen de Messi observando como hipnotizado una copa del mundo que estuvo muy cerca de estar en sus manos pero que se escapó por muy poco. Por demasiado poco.

Por Cristian Re 

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