La frase que escribió Javier Mascherano en Instagram, ya de regreso al búnker argentino de Bronnitsy tras la épica noche de San Petersburgo, sintetiza el sentimiento de alivio que reina en el corazón del seleccionado argentino: "¡Un poco de paz!".

Y no es para menos. Después de la semana más turbulenta del ciclo de Jorge Sampaoli, en la cual se tejieron infinidad de versiones cruzadas sobre la relación entre el técnico y el plantel, que formaron una maraña indescifrable de verdades, mentiras, operaciones y disparates, el agónico gol de Marcos Rojo calmó las aguas y despertó la esperanza de jugadores e hinchas de cara al duelo contra Francia.

Suele decirse que para las selecciones de peso, el Mundial recién arranca en los octavos de final. Para Argentina, obligada por las circunstancias, comenzó ante Nigeria. El sábado, en Kazán, deberá afrontar su segunda "final", aunque esta vez con el ánimo renovado, la autoestima en alza y las disputas internas en el freezer.

 

Pulgar arriba

El rendimiento del equipo durante el primer tiempo ante los nigerianos invita a la ilusión. Y, como no podía ser de otra manera, éste estuvo ligado a la actuación de Lionel Messi, quien dejó atrás su versión "acústica" de los dos partidos anteriores y recuperó esa electricidad que eriza la piel.

Además del gol antológico, asumió desde el vamos su rol protagónico, sin caer en el individualismo. Una asistencia malograda por Higuaín y un tiro libre en el palo fueron sus otras pinceladas. Leo no estuvo solo: Éver Banega, uno de los históricos del "equipo del consenso", se destapó con una actuación brillante, coronada con un pase memorable.

Otro aspecto fundamental para el resurgimiento del seleccionado fue la solidez defensiva, basada en la seguridad que brindaron Franco Armani y la dupla central Otamendi-Rojo. La labor del héroe de la clasificación merece un párrafo aparte, porque a fuerza de coraje despejó cualquier tipo de dudas sobre su nivel, teniendo en cuanta el escaso rodaje que tuvo en Manchester United en la pasada temporada.

 

Pulgar abajo

A esta selección le cuesta mucho recuperarse de un golpe: deambula sobre el ring, se recuesta contra las cuerdas y no levanta la guardia. Tal como había sucedido en la papelonesca derrota contra Croacia, el inesperado empate de Nigeria paralizó las piernas y las mentes de la mayoría de los jugadores. Uno de ellos, por desgracia, fue Messi. Claro que esta vez hubo una reacción significativa en los minutos finales, pero podría haber sido demasiado tarde. Por otra lado, hay rendimientos individuales que no terminan de cerrar. Ángel Di María es el ejemplo más concreto. Taz vez porque una espera mucho de Fideo -su talento es innegable-, pocas veces termina de conformar. ¿Tendrá una nueva oportunidad como titular o volverá al banco? Es otro de los históricos y comparte la mesa chica de Messi. Esa razones posiblemente pesen más que las futbolísticas a la hora de tomar una decisión.

 

¡Oh la la!

Francia es una de esas selecciones que asustan por la cantidad de figuras con las que cuenta: Griezmann (Atlético de Madrid), Dembelé (Barcelona), Pogba (Manchester United), Kanté (Chelsea), Mbappé (PSG), Giroud (Chelsea) y siguen las firmas… Si bien se adueñó de su grupo sin sobresaltos (venció a Australia y a Perú y ya clasificado empató contra Dinamarca), aún no desplegó en el césped una versión colectiva acorde al brillo de sus estrellas. Su técnico Didier Deschamps, quien alzó la Copa del Mundo como capitán en 1998, utiliza un 4-2-3-1 flexible para adaptarse a las necesidades defensiva u ofensivas del momento. Aunque parte como favorito en el cruce de octavos, seguramente ningún francés hubiese elegido enfrentar a la Argentina en esta instancia. Y además, después de tanto sufrimiento y de evitar con lo justo una eliminación vergonzosa, ya no hay cuco que nos asuste…