Los íntimos confiesan que para Claudio Tapia la Selección es su debilidad y que la camiseta le tira tanto como los colores de Barracas Central, el club que le permitió crecer como dirigente. Sin embargo, en estos quince meses de gestión tomó decisiones dignas de alguien que odia a la Albiceleste.

Es que su arribo no se dio en los términos adecuados para una institución tan grande como la AFA. Después del llamativo 38 a 38 cuando sólo había 75 votantes, Marcelo Tinelli decidió dar un paso al costado y le dio vía libre a la llegada de Chiqui, que no ocultó su simpatía con Daniel Angelici y Hugo Moyano (sus principales laderos) así como tampoco la empatía con River y San Lorenzo, que quedaron afuera del Comité ejecutivo.

Ya instalado en el sillón presidencial, debió tomar algunas resoluciones. En el ambiente doméstico no supo qué hacer con el mamarracho del campeonato de 30 equipos, mientras que a nivel selecciones tomó la primera "gran decisión" al sumar a Jorge Sampaoli, el entrenador que -a priori- era el más capacitado para ese momento.

No se mostró dubitativo y le pagó una fortuna a Sevilla para que dejara salir al DT, quien con el buzo de Argentina recibió "las llaves" para tomar las decisiones que se le antojaran.

En Eliminatorias Sudamericanas, el equipo cambió la localía (a La Bombonera) para que el seleccionado se sintiera más acompañado con el público, una situación irrisoria si se toma en cuenta el pobre funcionamiento del equipo en los anteriores encuentros.

De todas maneras, alcanzó para clasificar por la ventana al Mundial, pero esa advertencia del destino no fue visualizada por Tapia, que siguió cometiendo errores. Es que después del papelón ante España (6-1 abajo y con la Furia haciendo precio), no quiso exponer las falencias pero sí engordar los bolsillos, organizando amistosos ante rivales irrisorios como Haití e Israel, con el agravante que éste último lo suspendió para "conservar la paz mundial".

Justamente en Rusia, la Albiceleste lo que menos tiene es tranquilidad. Y era de esperar. Porque si bien a la hora de buscar responsables se puede señalar a Wilfredo Caballero (que salió jugando como un arquero de Primera D), a Lionel Messi (que al cantar el himno ya puso sus manos en la frente como presagiando lo que iba a ocurrir) o a Jorge Sampaoli (que se mostró antipático con la gente al no efectuar los cambios que todos veían menos él), el problema mayor se gesta en la conducción.

Es cierto, los protagonistas dentro de la cancha -hasta el momento- no mostraron ni la cuarta parte de lo que ejecutan en sus respectivos equipos, pero fuera de la línea de cal las desprolijidades fueron muy grandes.

Argentina aún no quedó eliminada, pero pasar de ronda sería un verdadero milagro. No sólo porque futbolísticamente no existe funcionamiento, sino también porque dirigencialmente hace rato "quedamos eliminados en primera ronda".