En esta época del año, en la que el sol primaveral derrite el recuerdo del crudo invierno ruso, la oscuridad apenas se asoma en el cielo de San Petersburgo. El ocaso y el amanecer parecen fundirse en el horizonte con la luna como testigo, en un fenómeno meteorológico propio de las regiones polares. Las famosas "noches blancas" elevan el espíritu de esta imperial ciudad, que organiza festivales para darles la bienvenida. La selección argentina necesitaba algo así: sacudirse las sombras para abrazar la claridad, la luz esperanzadora. Y quizá inspirados por esta magnífica puesta en escena, jugadores e hinchas disfrutaron, por fin, de una noche blanca. Una noche celeste y blanca. De esas que quedarán grabadas a fuego en la memoria. Porque, se sabe, cuánto más se sufre, más se goza después.

Argentina logró la clasificación a octavos de final cuando la resignación, la bronca y la impotencia parecían eclipsarlo todo. El agónico derechazo de Marcos Rojo decretó un triunfo sin dudas merecido, sobre todo por lo demostrado en la etapa inicial, pero que a punto estuvo de escurrirse entre los dedos por culpa de un error individual de Javier Mascherano. Más allá del evidente bajón del segundo tiempo, el equipo dejó buenas sensaciones -futbolísticas y anímicas- de cara al cruce ante Francia. Y, vaya alivio, recuperó la magia de Lionel Messi, quien encontró en el inspirado Éver Banega al socio que tanto buscaba. Razones suficientes para viajar a Kazán con el autoestima renovada. Y, por qué no, para comenzar a creer.

La tensión que se percibía en el ambiente se tradujo en un trámite dominado por las imprecisiones de ambos lados. Sin embargo, inmune ante esta situación, Banega asistió con maestría a Messi, quien ingresando al área a toda velocidad hizo lo que solo los elegidos pueden hacer: matar la pelota con el muslo izquierdo, acomodarle de zurda antes de que pique y definir de derecha, cruzado y sin escalas a la red. Todo en un abrir y cerrar de ojos. Un gol de antología. El 10 estaba enchufado y Argentina sonreía. Antes del descanso casi convierte el segundo con un tiro libre que arañó el arquero Uzoho y pegó en el palo.

 

 
Claro que en este Mundial a la selección todo parece costarle el doble. O el triple. A veces por virtudes del rival, otras por su propia confusión táctica. Esta vez fue por el infantil agarrón de Mascherano a Balogu, penal que Moses transformó en el inesperado empate de Nigeria, a los 6 minutos del complemento. Los fantasmas de Croacia aparecían en escena. ¿Podría el equipo reponerse del cachetazo?
 
Para colmo, comandados por Musa, los nigerianos empezaron a llegar con peligro. Y la lucha fue golpe por golpe: el ingresado Ighalo se perdió el segundo -en esa acción el VAR echó por tierra el penal que reclamaron por mano de Rojo-, Higuaín la tiró a la nubes de frente al arco y Armani le ahogó el grito a Ighalo. Ya con Pavón, Meza y Agüero en cancha, Argentina echó el resto. Y encontró su recompensa sobre el final, con una fórmula inesperada: excelente centro de Mercado y aún mejor la definición de Rojo.
 
El desahogo argentino fue conmovedor. Y aunque el reloj marcaba las 23, el cielo se resistía a la oscuridad. La noche blanca -celeste y blanca- recién comenzaba...
 


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