Marco Trungelliti tiene un vasto recorrido en el circuito ATP de tenis, triunfos en Grand Slam y hasta formó parte, como sparring, del equipo argentino de Copa Davis que consiguió el único título de la historia en 2016.

Sin embargo un tiempo antes, en 2015, vivió un hecho que significó un giro por completo a su vida y a su carrera.

Según afirma Trungelliti  le ofrecieron vender partidos cambio de una exorbitante cifra de dinero en dólares, que multiplicaba varias veces lo que ganaba él jugando Challengers.

El oriundo de Santiago del Estero, a diferencia de cómo accionan otros tenistas, rechazó el ofrecimiento y denunció el caso ante el TIU (Unidad de Integridad del Tenis).

"Cuando me lo ofrecieron pensé: No hay manera, esto no es lo mío, no estoy acostumbrado a estas cosas, viviría con una culpa inhumana'. Pasó eso, yo me iba a los días a Suiza y allá hice el reporte a la Tennis Integrity Unit. Ahí empezó todo, me pidieron información sobre qué había hecho en la reunión, con quién, capturas de pantalla, todo", confesó.

"En algún momento comparás y decís: 'Pucha, yo sé que tengo que laburar seis meses para conseguir esta plata que me ofrecen y si arreglás un partido hacés así y ya está'. Entonces, es normal que la gente que no tiene la moral firme caiga en una tentación así", añadió el actual 114° del ranking ATP.

Pero su denuncia se volvió una pesadilla cuando a Trungellitti lo hicieron declarar en las investigaciones contra tres de los argentinos sancionados por el TIU, Federico Coria, Nicolás Kicker y Patricio Heras.

 "Uno de los tres jugadores argentinos dice que yo le tenía bronca y que por eso lo denuncié. Que la TIU me enganchó arreglando partidos y que si yo canjeaba información y vendía compañeros, me reducían la sanción. Totalmente falso", explica.

Lo cierto es que, por este motivo, Trungelliti vive un calvario cada vez que viene a Argentina. Lo tildan de "buchón", de "topo" y lo miran de reojo cada vez que pisa un club. Por eso, tras quedar eliminado del ATP de Buenos Aires decidió recortar su estadía en el país y volver a Andorra, donde vive desde fines del año pasado.

"Estoy quemado. Desde que llegué a la Argentina que prácticamente no duermo. Siento que si miro mal un poco a uno me quiere cagar a piñas. No soy ni topo ni buchón. No aguanto más", sentencia con dramatismo.

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