Decepción. Quizá en esa palabra se pueda definir la actuación del argentino Lucas Matthysse ante el inoxidable y muy vigente filipino Manny Pacquiao, para resignar con pena y sin gloria el cetro welter de la Asociación Mundial, que defendía por primera vez, en la mañana de Kuala Lumpur, en la no menos lejana Malasia.

Eso sí, para entender el traspié del chubutense ante uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos como es el apodado Pacman habrá que considerar varios aspectos. Entre estos, que cada uno tuvo una actitud diferente para encarar el compromiso. Porque Pacquiao, que sabe todo cuanto se debe hacer sobre un ring, como que ya pasaron 20 años desde su primera consagración hasta la obtención de ocho cetros en diferentes pesos, se sintió seguro de todo lo que debía producir para vencer al argentino.

Se preparó a conciencia, tuvo a la gente a su favor e hizo el planteo que le convenía. Todo lo contrario de una Máquina que pareció apostar todas sus chances a una sola mano que lo llevara, vía el nocaut, al reconocimiento definitivo.

Muy poco para enfrentar a semejante fenómeno filipino, al que sus 39 años y con semejante carrera deportiva engalanada de hazañas no parecen hacerle mella. Su vigencia no está en dudas, porque aquellos que esperan verlo en el  ocaso de su campaña, van a tener que hacer mucho más que lo generó un destenido Matthysse.

Se sabe que el argentino es un boxeador explosivo, técnicamente muy bien dotado, pero que anímicamente es inestable, con marcadas caídas. Un ítem que, ante Pacquiao resultó fundamental. Y en ese ítem, tanto él como su equipo defeccionó.

Todo lo demás es evaluar un resultado anunciado cuando culminó el primer asalto y Pacquiao ya supo qué debía hacer, mientras nuestro compatriota no lograba descifrar un acertijo imposible con un plan demasiado primario.

La pelea, monocorde y siempre favorable para el ídolo que trasciende las fronteras asiáticas, marcó un anunciado final, cuando después de visitar la lona por dos veces, Matthysse fue otra vez sorprendido por un letal uppercut de un Pacquiao despierto, motivado, activo y muy vigente.

Entonces Lucas prefirió terminar su calvario y, sin levantarse, escuchar la cuenta final del árbitro Bayless en el séptimo. Muy poco para lo que muchos esperaban. Quizá, demasiado para sus aspiraciones conformistas de enfrentarse a un ídolo enorme, que no solamente lo borró de la escena. Probablemente haya marcado el fin de una carrera.

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