Por Horacio Pascuariello

rio más ancho del mundo está lleno de leyendas sobre su rebeldía a la hora de recorrerlo, lo que se ve parejo desde arriba es muy distinto abajo, razón por la cual es necesario conocerlo muy bien, y por supuesto tenerlo de amigo como lo hacen los guías que habitualmente lo navegan, aunque a veces los pone a prueba, como se dio en la salida que les relatamos hoy.

Según los saben la pesca de pejerreyes en nuestro Rio de la Plata tiene dos momentos especiales en la temporada, al comienzo y al final, a donde el mes de agosto es el que de apoco los va despidiendo, por eso podemos toparnos con los mejores, los más rápidos y por supuesto los más grandes, que superando el kilo de peso y con toda la hidrodinámica a su favor nos hacen fruncir la caña con sus corridas.

La meta es encontrarlos y la tecnología ayuda, pero es solo una parte de todo lo que hay que hacer para dar con ellos, se requieren conocimientos en lo respecta a su comportamiento en base al clima, y esencialmente a donde se mueven para fijar el derrotero de la embarcación, por lo tanto, muchas veces es necesario navegar rio adentro en busca de este pez estrella de nuestro estuario. Así paso con un grupo de amigos de esta sección quienes días atrás salieron de la marina sur arriba de una Benavidez de 6.40 mtrs de eslora y motor mercury de 75 hp poniendo proa al norte hasta llegar a unos 8.000 metros de la costa, a donde comenzaron a garetear paralelos a la rada.

La denominación garete significa pescar con la embarcación a la deriva, utilizando la corriente del cauce, la acción siempre se realiza desplegando un ancla de capa de manera de ralentizar la embarcación a la velocidad necesaria en la cual las líneas pueden trabajar parejo, permitiendo llegar al pez a la carnada.

Así comenzaron una amable jornada que les fue deparando de apoco piezas de distintos tamaños, pejerreyes medianos y chicos que, por supuesto volvieron a su medio de inmediato por que la premisa era dar con los grandes torpedos, los premios buscados por toda la tripulación que paradójicamente aparecieron como postre, justamente después de la parada del almuerzo. Pejerreyes de casi 50 centímetros de longitud y un kilo de peso fueron la recompensa a la perseverancia de estos pescadores, y al final del día todo era risas, hasta que emprendieron el regreso a las 17, ahí tuvieron que ponerse serios porque un gran banco de niebla en cuestión de minutos los dejo ciegos.

La pesada nube solo permitía ver a apenas unos metros, y la única manera era orientarse con el sonido de otras embarcaciones cercanas que también volvían a la marina, que según los cálculos estaban a unos cinco mil metros. Solo quedo navegar lentamente por instrumentos entre ese espeso humo húmedo que pareció envolverlos de tal manera que costaba ver hasta la proa de la propia nave, la hora también jugaba en contra porque después de las 18 el sol cae rápido, y el rio se pone completamente oscuro dejando como única orientación las luces de la costa.

A ellos se unieron otras naves desorientadas por la caída de la noche, la “Miguelito” y “La Elenora”, que de apoco, y muy despacio para evitar encallar o dar contra otra embarcación, se fueron moviendo con el GPS hasta dar después de unas largas horas con los malecones, ahí anclaron, a 900 metros de las balizas del 770, a unos 50 metros de los palos de este viejo muelle.

Ya en plena noche y con un intenso frio (prefectura que los asistió todo el tiempo) les ofreció seguir a un práctico, pero para evitar algún accidente habían decidido esperar anclados al “corcho” guía de pesca con quien venían poniéndose en contacto por radio, quien al saber que estaban cerca les había ofrecido salir a guiarlos en el último tramo del regreso que recién les permitió arribar a puerto pasada las 10 de la noche.

Afortunadamente la única marca que les quedo de esta experiencia fue el susto y la incertidumbre de ese momento, y como recuerdo, la alegría de haber superado este revés de la naturaleza con ayuda de otros nautas.

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