Por Horacio Pascuariello

Llegar a la localidad de Baradero no depara demasiada logística por lo cual es una buena opción al momento de improvisar una salida así que con la convicción puesta en descubrir nuevas estructuras de pesca partimos hacia allí.

Vale destacar que actualmente no hay controles ni restricciones para las actividades al aire libre, por lo tanto, solo contratamos una embarcación a nuestro amigo Ivan quien habitualmente ofrece ese servicio y nos dirigimos al campo llamado “La Chanchera”. El derrotero nos llevó primero a través del río Baradero el cual se notaba con un buen nivel de agua, para luego remontar un brazo del Pinto hasta el punto en que la profundidad permitió que el motor empujara la embarcación, ahí desembarcamos, en una costa semi selvática que tuvimos que marcar para poder reencontrarnos más tarde con Jorge, nuestro timonel.

Lamentablemente en el camino tropezamos con trasmallos tendidos de lado a lado, mostrándonos que siempre hay ambiciosos depredadores que todavía no entienden sobre los derechos de todos y el cuidado de los recursos. Una vez puesto el pie en tierra, (léase barro y altísimos yuyos), una horda de mosquitos nos dio la bienvenida de forma cruel, así que no quedaba otra que acelerar el paso buscando el terreno más alto atravesando una áspera vegetación.

Estos cardos eran un pequeño adelanto de lo que nos esperaría por todo el camino, el cual se hizo inesperadamente largo y tedioso mientras buscábamos algunos claros que nos permitieran probar las cañas. Las lluvias de los últimos meses modificaron la geografía por completo, y lo que teníamos en nuestra memoria (visitamos ese lugar en noviembre) ya no era lo mismo, así que a caminar.

Un canal que corre a la izquierda del Pinto estaba prácticamente alfombrado de pequeños y perfumados repollitos en flor y fielmente custodiado por una altísima pared de juncos en todas sus variedades, los articulatus, juncus alpestris, juncus bogotensis, etc, si lo ponemos en criollo serían los emplumados, los espinosos, los de vara fina y anchas hojas, ect, o sea todos bellísimos, pero imposibles de sortear sin tener un accidente, por lo tanto, tuvimos que seguir adelante. La caminata se fue extendiendo en metros y después en kilómetros, y mientras seguíamos el sendero nos chocábamos con toda la rigurosa vegetación pampeana de frente, cuando quedábamos enredados empezaba la duda si volver o no, pero la ansiedad por dar con algún lugarcito limpio nos empujaba a bancar las picaduras, pinchaduras y el calor.

Después de una hora y media aparecimos en un claro qué nos dejó respirar con alivio y nos regaló una pequeña laguna a nuestra izquierda, de inmediato desensillamos y armamos las cañas con líderes y gomitas soft bait sobre anzuelos offset 4/0, equipo básico que en estos ámbitos siempre rinde, pero acá dio especialmente buenos resultados y al primer tiro dio una soberbia tararira.

El esfuerzo ya tenía premio, mi amigo Fabián Katz había logrado una captura, así que foto y devolvimos al agua a nuestra amiga esperando que hubieran más esperando debajo del agua, sin embargo, después de un rato nos dimos cuenta que era la única y como ya nos habíamos hecho amigos de la aventura decidimos cargar los equipos y seguir un poco más hasta encontrar otro espejo similar y esta vez sí dimos con lo que buscábamos.

La pequeña laguna que encontramos unos metros más adelante tenía dos brazos que la alimentaban de agua, ahí probé líneas con carnadas y de inmediato las boyas salieron disparadas a los juncos, mientras tanto mi compañero clavaba un doradillo con un señuelo de superficie que había sido disparado en busca de tarariras, la sorpresa y la alegría estaban a la altura de mi curiosidad por probar líneas y señuelos. Una línea para dorado con un azuelo 4/0 y carnada blanca se fue moviendo lentamente hasta tomar velocidad clave y sentí el cimbronazo de la caña contra la fuerza del pez, pensé que era una tararira sin embargo del otro lado había una boga de una potencia impresionante, claramente cazaba, no tenía la clásica actitud de comer con desconfianza directamente iba al bulto. Nos olvidamos del agobio, las picaduras y los raspones y de ahí en más fue un vértigo de piques, capturas, y por supuesto devoluciones de las piezas.

Las tarariras prácticamente atacaban todo y en el entrevero nuevamente apareció un dorado, esta vez de mayor porte. El lugar fue un inesperado vergel que nos premió con una pesca estupenda y donde además disfrutamos en una enorme soledad rodeados de una explosiva naturaleza algo así como el ideal para cualquier amante de este deporte. También me traje la satisfacción de

observar de qué manera nuestra fauna ictícola se protege de la mano del hombre aislándose en alejados espacios. Según marcan los libros con los primeros fríos estas especies entraran en un letargo para dejar de comer hasta la primavera, pero seguramente volveremos a buscarlas más adelante para chequear que esto sea así.

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