Sería lo ideal. Lamentablemente, la realidad indica que es una expresión de deseos. Los mismos jugadores en su obsesión por ganar cometen algunas acciones violentas. Inclusive si recurrimos a un diccionario la terminología "hincha" adquiere el significado castellano de: enemigo, encono, odio. Y son los hinchas los que pronuncian sus sentimientos en la cancha.

Los Superclásicos fueron siempre partidos-campeonatos, en consecuencia se encuentra en juego un abanico de intereses en los jugadores y multitudinarios negocios en las barras bravas, que resulta imposible consensuarlas.

He tenido la oportunidad de ser autor de cuatro libros sobre Superclásicos y conversé varias horas con los protagonistas más relevantes que me contaron sus vivencias y anécdotas que en el análisis marcan tendencia y permite acercarse a la cocina del fútbol, un lugar difícil e inaccesible de abordar. Lo que quedó establecido que son encuentros distintos a todos, fascinantes, donde la parte lúdica tiene magia propia y mantiene encendida la llama de la pasión futbolística en la afición por sus colores preferidos y ninguno digiere la derrota.

Muchos de los jugadores consultados lo comparan con la alegría idéntica de un campeonato. Allí empieza a conjugarse la lucha interna desenfrenada del deseo del triunfo, con la realidad que se entabla en el campo de juego. En la habitualidad la ecuación es diferente y se presenta un conflicto que hay que saber sobrellevarlo. Por su parte la multitud excitada descarga tensiones preexistentes y la mayoría asume conductas en la masa de hinchas que resultan incontrolables.

Los dos nacieron en la Boca y tomaron caminos opuestos. Si nos remitimos a la historia, advertimos que el primer partido que se jugó en la vieja cancha de Boca terminó en batalla campal, como para dejar sellada para siempre esa enorme rivalidad. Aquel episodio lo originaron Jorge Iribarren, arquero riverplatense y Francisco Varallo, implacable goleador Xeneize. Revisando la documentación de la época, podemos apreciar que pasado un breve tiempo, luego del partido suspendido en 1931, el Jurado de Honor de la Liga le dio los puntos a Boca, al contrario de lo ocurrido dentro de la cancha: se imponía River con gol de Carlos Desiderio Peucelle. La revancha se realizó recién el 6 de enero de 1932 en el antiguo estadio riverplatense de Avenida Alvear y Tagle. La victoria boquense fue contundente en el juego y en el marcador, con un 3 a 0. El desquite millonario ocurrió al año siguiente con un resultado categórico de 3 a 1, con dos goles del gran Bernabé. Eran los inicios de estos excitantes enfrentamientos.

Citamos dos casos, de dos referentes. Uno de Silvio Marzolini: "Me enfrentaba a un amigo, Luis Cubilla, y habíamos salido de noche varias veces juntos, y además éramos vecinos del barrio de Belgrano. En la Bombonera, en la primera jugada el uruguayo me metió un planchazo artero que me dejó tirado en el suelo. Fue duro el patadón pero más me dolió su actitud desleal. Desde el suelo lo reputeaba, el árbitro Guillermo Nimo, que estaba al lado mío riéndose ordenó que me callase. Lo miré fijo: '-Vos también te podés ir a la mierda, no puedo levantarme porque le rompería la cara a los dos juntos'. Estaba sacado, no puedo creer mi conducta. Jugué 37 Superclásicos y nunca más me pasó algo parecido. Ahí me di cuenta que el fútbol también sirve para terminar una amistad, recomponerla o iniciarla”.

Por su parte, Amadeo Carrizo confiesa: "Siempre fui fanático de River, me enloquecía jugar los Superclásicos, estuve presente en 35. Pero en la Bombonera no se podía jugar, me volvían loco, nunca arrugué. Pasaron los años y no puedo olvidar el comportamiento del Petiso Menéndez, habíamos compartido habitación cuando fuimos compañeros en River. Se la pasó cargándome y diciéndome barbaridades, para ponerme nervioso. Perdimos 2 a 1, el último lo hizo él. Cuando bajamos el túnel no aguanté más y le encajé una trompada que casi lo parto en dos. No soy rencoroso y nunca se lo perdoné, jamás lo conté".

La final del sábado es un partido histórico, una pasión que nunca muere. Deseamos de corazón que sea una fiesta, un espectáculo imborrable sin violencia. ¿Podremos lograrlo?

Sufrimos demasiado por lo poco que nos falta y gozamos poco de lo mucho que tenemos (Shakespeare).

Por Alfredo Luis Di Salvo
 

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