Por Esteban Trebucq

Hoy se cumplen 11 años de la cuarta y última Libertadores de Estudiantes de La Plata, con Alejandro Sabella y Juan Sebastián Verón a la cabeza. Esos días, Maradona dijo: "Todos fuimos pinchas".

¿Es una fábula? ¿Es un determinismo histórico? ¿Es posible? ¿Qué es? Nada que explique la razón o la experiencia están al alcance de la mano para cerrar el interrogante. Algo hay, intangible, pero permanente, más bien omnipresente. Difícil de conceptualizar. Es algo; todos lo conocen, pero nadie puede definirlo, limitarlo.

Desde la sinrazón podrían encontrarse razones para comenzar a desandar el camino de este Estudiantes, de esta institución que celebra ahora sus 115 años de vida, con la gloria fundante de aquellos jovenzuelos de la zapatería Nueva York.

Es la gloria que abrazó Sabella en el apretón de músculos y llanto junto a un tal Verón, justamente un predestinado, en aquella noche pletórica que unió a casi todo un país detrás de una escuela de fútbol, y silenció como nunca antes al coloso Mineirao. Dirá la historia, la historia del continente, que el 15 de julio de 2009 Estudiantes sumó un botón más de muestra de su grandeza de cuna.

Y se subió al podio de los más grandes de América. Sí, sí, hay sólo tres más ganadores (Independiente, Boca y Peñarol) que el bravío León del fútbol y las agallas sin par. Para un desprevenido, San Pablo, Nacional o Peñarol, entre muchísimos otros, quedaron un peldaño abajo. Y River, por ejemplo, en el mismo lugar.

El abuelo le transmitió al padre, y éste al hijo, las epopeyas en blanco y negro de Estudiantes. Pero ahora resulta que los tres vieron lo mismo. Aquí es donde comienzan a pulverizarse los argumentos o la creencia popular de que aquello era algo aislado y que nunca más iba a repetirse. Falso. Absolutamente falso. Las pruebas están a la vista.

Acá no hay cansoneta -munida de la subjetividad más absoluta- que valga. El Estudiantes 2009 llegó a la cúspide, a lo más alto, allí donde mueren las palabras. Donde ganan los elegidos. Y Estudiantes resultó un elegido, pero no por el azar, sino por los hombres y mujeres que lo componen. Tenga en cuenta: las instituciones sociales sin fines de lucro como Estudiantes están compuestas por personas de carne y hueso, quienes en definitiva le dan vida y razón de ser.

Marzo de 2009. Alejandro Sabella regresa al Club ante la indiferencia y las dudas. Cincuenta y cuatro años, cero de experiencia previa. Casi ningún aplauso recibió la primera noche, la del debut, ante el Deportivo Quito. Tampoco luego del inobjetable 4 a 0. Ya se escribió en un editorial de esta revista, Pachorra no merecía semejante apatía. Era un ídolo ya antes del tetra, el 10 del genial bicampeón 82/83.

De respuesta corta, reflexiva, pero cargada de contenido ante muchos periodistas desconcertados, Pachorra fue moldeando en silencio a un supercampeón, dentro del Country, donde los próceres del ’60 custodian la gloria desde la pared.

Apeló a la lógica futbolera de que los equipos se arman de atrás para adelante, y prácticamente cerró el arco. Le puso su impronta a una formación que había perdido el vértigo de 2006 con Simeone, pero que mantenía gran parte de la base. Sabella no le dio vértigo, sino genio, inteligencia. Le transmitió sentido común, paciencia, y le revitalizó el hambre de gloria.

Estudiantes enderezó el rumbo en la Copa con dos victorias al hilo de local (ambas 4-0, con Quito y Cruzeiro) y se metió sin sobresaltos en la etapa definitoria. Hay que anotar un dato, ahora mismo: de las ocho finales de Octavos en adelante (Libertad, Defensor, Nacional y Cruzeiro), ganó seis y empató dos, sin recibir goles de local y con sólo dos en contra. Único. Aquí se podría terminar la crónica.

Pero Estudiantes, este Estudiantes, fue mucho más que números. En silencio, como Zubeldía y sus muchachos tres décadas atrás, el León minimizó hasta la mínima expresión a los paraguayos de Libertad, multicampeones de su país, que habían abofeteado a San Lorenzo en el Gasómetro, entre otras victorias. Pareció un trámite, luego del incuestionable 3-0 de local y el empate tranquilo 0-0 en Luque, cerca de Asunción.

Dentro de 20 años, quien lea estas líneas quizás no recuerde o no sepa, que, por estos días coperos de Estudiantes, la prensa deportiva del país se llenaba la boca hablando del Huracán de Ángel Cappa, luego subcampeón local en un torneo regularón, regularón, cuyo técnico hizo lo que un sector del periodismo se negó a hacer por anteojeras ideológicas: reconocer a Estudiantes como el mejor del país. Cappa no come vidrio.

En Cuartos apareció Defensor Sporting, luego subcampeón uruguayo, que había dejado en el camino a un Boca quebrado por las internas. Ya en el primer tiempo del partido de ida, ante más de 10 mil pinchas en el Centenario, comenzó a perfilarse la serie. Fue 1 a 0, y luego el mismo resultado en La Plata, una semana más tarde. La prensa seguía hablando de Huracán.

Estudiantes se había metido entre los cuatro mejores del continente, por primera vez en 25 años, casi sin pasar contratiempos (se excluye de este razonamiento, el salvador gol de Lentini en la previa ante Sporting Cristal, allá por febrero). Era el único representante argentino.

Pachorra seguía sin levantar la voz. Verón, el jugador más preponderante en toda la historia de Estudiantes (Sabella dixit, Revista Animals! copy-paste), soportaba aún los silbidos de las hinchadas rivales. Y de gran parte del público que sigue a la Selección, neófito en conocimiento futbolístico y desprovisto, además, de autocrítica.

Sabella dijo preponderante. El técnico nunca usa una palabra al azar, y menos un adjetivo. Preponderante: "Que prevalece o tiene cualquier tipo de superioridad respecto a aquello con lo cual se compara" (RAE). Mejor: "Superior a otra cosa y que la excede en una cualidad natural o moral" (RAE). Sutilezas al margen, la Brujita deja sin adjetivos al periodismo.

Alayes y Angeleri, ambos con rotura de ligamentos en una rodilla, ya habían dejado la Copa. El segundo y tercer capitán del equipo, dos de los defensores insignias y campeones, quedaron condenados a verla desde afuera. No es un dato menor. Andújar, ya 1 de la Selección, continuaba con el arco invicto.

Nacional, a la postre campeón uruguayo, se cruzó en las Semifinales. Estudiantes, con la acertadísima incorporación del Flaco Schiavi, fue inmensamente superior en ambos partidos. En Montevideo, en el encuentro de vuelta, se escribió una página más de heroísmo para la Institución.

Ante más de 60 mil uruguayos, sin público visitante a la vista y sin Verón (lesionado, con un tirón) en el rectángulo, Estudiantes se anotó una victoria antológica por 2 a 1. Y Andújar quebró el récord del mismísimo Hugo Orlando Gatti de partidos sin recibir goles en la historia de la Copa: 767 contra 766.

No hay antecedentes a la vista de equipos argentinos que hayan hilvanado tres victorias consecutivas en el Centenario en menos de dos años: 2-1 a Danubio (Libertadores 2008), 1-0 a Defensor y lo dicho, 2-1 al Bolso. En Montevideo reconocen en Estudiantes lo que en Argentina algunos intentan ocultar: que es uno de los grandes, grandes, del fóbal nacional.

Estudiantes era el equipo con el arco menos vencido, con más partidos jugados (14, porque había empezado en la primera fase o repechaje), con uno de los goleadores del certamen (Boselli) y con el mejor jugador de América (Verón, reconocimiento del diario El País de Montevideo en 2008). Tenía, además, ese plus indescifrable.

El Cruzeiro, bicampeón de América, venía de eliminar al San Pablo, Palmeiras y Gremio, nada más y nada menos. Era el otro finalista. Para gran parte de los “entendidos”, el favorito. Nunca antes se habían cruzado en una etapa decisiva de Copa.

8 de julio de 2009. En la previa a la final, Bilardo se cansaba de hablar sobre lo que significaba Estudiantes, sobre el trascendente aporte de Don Osvaldo Zubeldía y sobre esos campeones inmaculados. Hay un puente generacional, con escala en los ’80, entre aquellos y estos de 2009. Algo los une. No hubiese habido 2009 sin 1968. Es indudable.

En un santiamén se agotaron las entradas para el Estadio Ciudad de La Plata. Debió ganar Estudiantes, pero el arquero Fabio cerró el arco y hasta agrandó al Cruzeiro, que sobre el final del partido se aprovechó de la merma física de su rival y casi desnivela.

A esta altura, Sabella ya hacía emocionar a sus jugadores con su prédica sin igual, esa que no se exterioriza, pero que puertas adentro es excelsa, repleta de contenido. Sabía el plantel que la final no estaba cerrada. Su gente también. La fe peregrina pero natural, fundada en la razón que dan los antecedentes coperos, movilizó a más de 5 mil almas a la incomodísima Belo Horizonte, capital de Minas Gerais, ciudad futbolera y del progreso, cálida y sin vuelos directos.

No hay registro alguno, ni aquí ni allá, de una movilización semejante de hinchas a Brasil. Mucho menos a esta metrópolis sin mar. Si alguien lo refuta, las pruebas son bienvenidas. Los números respaldatorios también.

Belo Horizonte sudaba de confianza. También estaba fundada: poquísimos argentinos habían ganado allí (sólo Boca y Vélez), pero ninguno en un partido de esta envergadura. En cuatro horas se agotaron las 60 mil entradas locales para el Mineirao, y el gobierno estadual decretó asueto desde las 3 de la tarde para ir a la cancha.

Muchos torcedores de la Mafia Azul llegaban con la inscripción del tricampeao en una banda que cruzaba el pecho. Otros con túnicas, a la usanza árabe, para presagiar el Mundial de Clubes en Emiratos Árabes Unidos.

Hasta la Confederación Sudamericana de Fútbol confeccionó el cheque simbólico para darle al ganador en portugués (sólo Sabella, quien jugó en Gremio, habla este idioma en Estudiantes). En la escuela del León se enseña que la gloria no se anuncia, ni se llama, se alcanza por derecho propio. Se gana.

Los jugadores llegaron del hotel Caesar Bussines al Mineirao inmersos en una motivación pocas veces vista. Oscilaba el micro de pasión, atrapado entre la marea azul del Cruzeiro. Típico engarrafamento (embotellamiento) brasileño. Sabella les llegó al corazón, y ellos saltaron al campo de juego antes de lo previsto. No se aguantaban más. Querían la hora de la verdad.

Con Bilardo desde el palco, Verón padre y Cacho Malbernat desde La Plata, y Zubeldía presente desde el cielo junto a esos padres y abuelos transmisores de la tradición, Estudiantes jugó como su historia manda. Como exigía una final. Tardó sólo un cuarto de hora en silenciar a la ululante masa brasileña. Atronaba, de lejos, el apoyo hidalgo hacia el Pincha, desde una segunda bandeja apretada, en un recoveco. En la etapa inicial, el Cruzeiro no pateó al arco con riesgo, el León lo maniató. Y debió irse en ventaja.

Las manos en la copa, pura gloria Pincha.

Pero el fútbol no sabe de lógicas, y en el primer remate medianamente serio, el local abrió el marcador. ¿Se lo llevaría por delante? Todo lo contrario. Estudiantes, con un Verón majestuoso, de otro planeta, lo dio vuelta e ingresó en el rubro de la fábula. Pero esto no es ficción.

Primero Gastón Fernández y después Boselli (el goleador de la Copa con 8 tantos) devolvieron al León a la gloria eterna. Después diría Maradona: “Todos fuimos pinchas”.

¿Es una fábula? ¿Es un determinismo histórico? ¿Es posible? Es Estudiantes, el tetracampeón de América; el gigante de Manchester; el único equipo no británico campeón en Inglaterra; el que revolucionó el fútbol con Zubeldía; el que le dio al fútbol nacional al técnico más ganador de su historia a nivel selecciones, Bilardo; el que ganó cuatro copas y nunca por penales; el único argentino campeón en Belo Horizonte; el de los majestuosos Profesores; el que atesora la maravilla genética de los Verón; el que genera admiración y envidia; el que eriza la piel; el que hace llorar.

¿Qué es papá? Es la mística. Es la mística,

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