En todo almanaque, el cuarto mes del año debe estar pintado bien de Verde por el Oeste del Gran Buenos. Ituzaingó tiene, entre tantas fechas importantes, dos que están en la cima y quedarán grabadas en cada hincha aunque no las haya podido vivir. La primera y principal es el 1° de abril de 1912, cuando el club fue fundado. Y la segunda, el 15 de abril de 1992. Una tarde donde las bajas temperaturas empezaban a instalarse anticipando un invierno duro. Una jornada inolvidable en cancha de Independiente, donde un grupo de hombres entraban en la historia de la institución, disfrazados de David, venciendo al gigante Goliat, futbolísticamente hablando, claro. Un sueño hasta allí impensado, se transformaba en realidad: el glorioso Ituzaingó lograba un histórico salto a la B Nacional.

Y si bien la estadía en la divisional fue efímera, nadie le quita los bailado a esos héroes que el viernes 15 fueron merecidamente homenajeados a 30 años de la gesta. Entre tantos responsables de ese sorprendente equipo que conducía Edgardo Marchetti, se encontraba Víctor Hugo Marinella, quien con 17 conquistas en 35 partidos (tuvo asistencia perfecta) se consagró como el artillero. El delantero, que tras ese ascenso jugó en Los Andes (precisamente el poderoso que vio postergada su ambición de ascenso en la definición por penales), Lanús y en la liga de General Villegas antes de cerrar su carrera en Deportivo Merlo, rememoró el gran hito con Crónica del Ascenso. Un caso curioso el de Marinella pues tras colgar los botines, se desligó por completo del fútbol ("solamente sigo ligado con el fútbol senior de Ferro", nos contó) y hoy, a los 54 años, tiene una verdulería en Ramos Mejía.

-A medida que pasan los años toma mayor dimensión lo que consiguieron...

-Si, porque la gente de Ituzaingó hizo un documental y me han llamado de algunas radios. Resulta interesante y lindo que se recuerde ese logro. Cuando lo vivís desde adentro, no te queda como ahora. De hecho los pibes que hicimos el documental nos pusimos a llorar. Fue algo muy importante para nuestras carreras. Este evento del viernes pasado, con la pantalla gigante y la cancha llena, nos hizo tomar conciencia de lo que significó. El haber participado de una parte tan importante de la historia de un equipo tan chico y humilde, queda para siempre en un deportista.

-¿Imaginaban algo así cuando empezó el campeonato?

-Yo había estado en el torneo anterior y nos salvamos por un pelito. Entonces iniciamos el siguiente con el deseo de salvarnos del descenso. Se acercó (Carlos) Sacaan, que era el monarca del club y dijo: "elijan cuatro o cinco jugadores porque no quiero irme a la C". Se armó un equipo supuestamente para no bajar. Pero se fue transformando y llegado un momento agarramos la punta. No perdíamos hasta llegar al desenlace que conocemos.

-¿Dónde sintieron que podían alcanzar ese sueño antes inimaginable?

-Siempre digo que nos dimos cuenta a partir del respeto que nos tomaron los equipos grandes. Ese año estuvieron los mejores en la B: Los Andes, Tigre, Atlanta, Argentino de Rosario, Chacarita. Todos equipos grandes. Entonces a cada cancha que íbamos nos tomaban como favoritos cuando mirábamos más para abajo que para arriba. El equipo se empezó a transformar cuando le ganamos de visitante a algunos de esos equipos como Tigre y Los Andes.

-¿A qué se debía que, excepto dos o tres partidos, ganaban siempre con lo justo?

-Es verdad eso. Ganábamos con lo justo porque éramos un equipo "laburadito"; no éramos un conjunto vistoso. Éramos más bien trabajado y teníamos claro que de local debíamos ganar y de visitante, sacar lo que pudiéramos. El equipo estaba muy concentrado en lo que había que hacer.

-También pelearon contra las críticas porque se los señalaba como un equipo que jugaba al error del rival...

-Si, éramos muy criticados por eso. Pocho Ferraresi y yo jugamos juntos en Ferro, teníamos una escuela parecida. Pero integramos un equipo aguerrido, muy contragolpeador. No nos destacábamos por la vistosidad pero ganábamos los partidos que teníamos que ganar; y eso, para un equipo que quiere salir campeón, es fundamental.

-¿Qué pasó en ese partido con El Porvenir? Si lo ganaban eran campeones sin sufrimiento...

-No es que teníamos miedo de salir campeón pero nos encontramos con una realidad increíble. Había un montón de gente en la cancha; estuvimos una hora para poder llegar. Había gente desde la estación hasta la cancha. Y en el partido nosotros tuvimos problemas, hasta erramos un penal. Y además El Porvenir lo jugó de manera especial, a la mirada de todo el mundo. Fue terriblemente duro, más de lo que esperábamos.

-¿Cómo manejaron la cuestión psicológica ya que de tener la chance de ascender ante su público pasaron a jugar un desempate?

-Había que levantar un muerto e inflarlo. Además fuimos para hacer un sorteo por la cancha neutral y nos pusieron la de Independiente. Imaginate lo que pensábamos que pasaría...

-¿Creían que Los Andes corría con el caballo del comisario?

-No lo pensábamos; corría. Los Andes tenía reservado un salón para festejar el campeonato por la noche. Llevaron como 15.000 personas. Una locura. Para nosotros fue difícil tener que remontar eso. Éramos un equipo humilde y tuvimos que ir a las casas de los hinchas a rescatar las camisetas porque la perdimos el día del partido con El Porvenir. Cuando fuimos a concentrar, nos encontramos con que no teníamos camisetas y pantalones para jugar. Los dirigentes empezaron a buscar los domicilios de los hinchas que tenían los "souvenirs".

-En esa final no se notó que estaban bajoneados por perder algo que estaba al alcance de la mano...

-Hubo vuelta de página. Yo estaba convencido de que le ganábamos. No sabía cual era la vía pero no dudaba de que dábamos la vuelta. Estaba convencido de que era nuestro día. Es que estábamos acostumbrado a las adversidades.

-A pesar de las diferencias económicas, ¿percibió que a ustedes les sobraba algo que le faltaba al rival?

-Ni hablar. Nosotros teníamos hambre de gloria y gente con agallas para jugar esas finales. Mirá que las finales no son para cualquiera. Siempre sorteamos adversidades y ahí teníamos que superar lo del partido anterior. Teníamos que jugar en cancha de Ferro, no en la de Independiente. Además con la cantidad de gente que tuvimos en contra. Pero la adversidad tiene eso: te pone nocaut o te resurge. Y a nosotros nos resurgió.

-¿Cómo fue la arenga antes de patear los penales?

-Cuando llegó ese momento, estábamos mucho más tranquilos; ellos, en cambio, estaban demasiado presionados. Nosotros teníamos un mayor margen porque en definitiva, llegando ahí, estábamos hechos. Pero contábamos con jugadores de enorme temple. Por ejemplo el Topo Lúquez, que había jugado finales; el Chulo Rivoira, Duró, Zielinski, Ledesma. Y con Ferraresi teníamos casi 50 partidos en primera. No éramos unos pibitos. Y esas cosas hacen la diferencia.

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