Antonio Roma, un ídolo que dejó su sello para siempre. La mayor trascendencia de su carrera que lo convirtió en un mito y leyenda imborrable sucedió el 9 de diciembre de 1962 en la Bombonera. Boca y River llegaban al Superclásico con 39 puntos cada uno, el que conseguía el triunfo era virtualmente campeón porque faltaba una fecha. El equipo xeneize se puso en ventaja 1 a 0 con el gol de penal del brasileño Paulo Valentim a Amadeo Carrizo, un duelo recurrente. El árbitro era Nai Foino que tuvo la valentía de sancionar otro tiro desde los doce pasos para el plantel millonario, faltando cinco minutos para el final. Antonio se adelantó unos metros y logró rechazar la pelota hacia el córner. Inmediatamente fueron a rodearlo al juez todo el conjunto de La Banda Roja. El árbitro a los gritos les respondió: “Me animé a cobrar un penal en la cancha de Boca, faltando cinco para el final, se están jugando el campeonato, lo patean como el orto y lo quieren patear de vuelta. ¡Basta de llorar! Penal bien pateado es gol muchachos…”

Una semana después, Boca superó a Estudiantes por 4 a 0 y conquistó el título con 43 puntos.

“Después de la atajada fui y lo abracé a Delem. Era un tipazo. Con el tiempo nos convertimos en íntimos amigos. El tenía una flota de camiones y yo me ocupaba de los seguros. Pobre, él lo sufrió hasta el final de sus días. Tuvo que masticarse todos los chicles, tanto las cargadas de Boca como los castigos de River. El fútbol y la vida son así”, resaltó Antonio.

En una rueda de prensa comentó Roma: “Todos me vuelven loco con este penal. De lo que nadie se acuerda fue del que le detuve al ‘Loco’ Corbatta; creo que fue el único que le atajaron en su carrera. Tuve la suerte de adivinarle la intención. Para mí Corbatta fue el mejor shoteador de penales que conocí”.

Con el Tano nos hicimos muy amigos, me lo presentó su compadre Silvio Marzolini. Era un cocinero espectacular, un día lo invité a mi casa y cocinó un matambre a la pizza exquisito. Le gustaba el picante, los ajíes en vinagre, el guiso de mondongo y el queso rallado fuerte. Me dolió mucho su partida; la buena gente no debería morirse.

Había días que atajaba hasta el viento; en sus tardes de gloria su rendimiento era descomunal y un físico imponente. Su recia personalidad movilizaba, trasladaba seguridad a la defensa y amedrentaba a los atacantes. El saque con la mano era poderoso, llegaba hasta la mitad de cancha. Nunca daba rebote, siempre atenazaba el balón, como indica la ortodoxia. Un día me confesó “No me molesta que la gente piense que Amadeo es mejor arquero que yo, lo que sí me fastidia es que digan que tiene más pinta…”.

Nació en el barrio de Villa Lugano, el 13 de julio de 1933. Se inició en las inferiores de Ferro Carril Oeste. Ya en 1953 y 1954 alternó en tercera y reserva, para debutar en Primera en el ’55, enfrentando a Lanús y atajando un penal decisivo. En Boca obtuvo 5 títulos locales y la Copa Argentina del ‘69, participó de 22 Superclásicos. Jugó 303 partidos entre 1960 y 1972. Fue titular en la Selección Argentina en dos Copas del Mundo, en 1962 y 1966, jugando en total 45 partidos.

Estaba internado en el hospital Santojanni, en el barrio porteño de Mataderos, por un desgraciado y famoso virus intrahospitalario. Murió por la mañana, a los 80 años del 20 de febrero de 2013.

Lo han sucedido grandes arqueros, pero su nombre se mantiene intacto y quedó grabado en la mente y el corazón de los boquenses. El querido “Tano” exhibió como futbolista una mistura de orgullo, confianza y amor propio que provocó que jamás dejen de recordarlo.

Alfredo Luis Di Salvo

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