Es importante recordar los próceres de ayer que han escrito una rica historia futbolística. Resulta una manera saludable de conocer nuestros orígenes y merecen ser homenajeados.

Un día como hoy, pero de 1936, nació un genio, El Marqués Rubén Sosa, un talentoso delantero, de distinguida técnica y dueño de un brillante cabezazo. Tanguero y con los férreos códigos del barrio, porque se graduó en la catedral de la calle.

Mi gran amigo Roberto Perfumo, una tarde en su casa de la calle Ayacucho, mientras armábamos el programa radial con Silvio Marzolini, se puso a contarnos su admiración por el Marqués Sosa.

“En las inferiores de Racing me quedaba para verlo jugar en la Primera, y me sorprendía cada día más. En esa época Sosa se consagró estrella en la Academia y luego, en la Selección Argentina. Era un cabeceador infernal e infalible. Habitualmente, arrancaba desde atrás en posición de “10”, sobre la izquierda. Tenía un dribling único, su cintura era mágica y podía sacarse la marca de tres adversarios en espacios muy reducidos, y escapaba trotando, parecía que corría en puntas de pie. Su fantasía me llenó el ojo. Tuve la inmensa fortuna de tenerlo de compañero, con el mismo trato cordial de cuando lo miraba desde afuera. Recuerdo que llegaba al vestuario con traje y corbata. Un Marqués…”

Debutó en Platense, era amigo del Polaco Goyeneche y manejaba la armonía del fútbol. Pasó a Racing, en su etapa más gloriosa, y volvió locos a los hinchas académicos, que pasaban uno de los mejores momentos deportivos. Integró una delantera inolvidable con: Corbatta, Pizzuti, Mansilla y Belén.

Su máximo aliado, cómplice y todo, fue El Ropero, Pedro Mansilla que se sumó al club de Avellaneda desde Boca. Sosa se consagró como el máximo artillero en 1959, 1960 y 1962. Participó como protagonista principal de los títulos obtenidos en 1958 y 1961, en ambas competencias su aporte goleador fueron de once tantos.

En La Academia se lució entre 1958 y 1964, disputó 155 partidos y marcó 86 goles. Brilló también en el seleccionado nacional, participó en 18 encuentros y marcó 11 tantos. Fue tentado por el fútbol uruguayo desde 1965 hasta 1967; jugó en Cerro y Nacional.

Con el equipo “Tricolor” peleó la final de la Libertadores ’67 enfrentando a su ex equipo de Racing y cayeron derrotados por la Academia por 2 a 1. Tuvo un breve paso por la liga de Estados Unidos, en el Boston Beacons.

Regresó al país, y se desvinculó del fútbol en Flandria, ahí prevaleció la amistad que su vocación de futbolista, porque en el equipo de segunda división jugaba su gran amigo Pedro Mansilla y se dio el gusto de colgar los botines en un ambiente especial para sus sentimientos.

Sufrió una severa diabetes y la dolorosa desgracia que le amputaran las piernas, las herramientas que lo inmortalizaron. Un destino cruel e injusto; falleció en Buenos Aires el 12 se septiembre de 2008, cerca de cumplir 72 años.

Ídolos como El Marqués no mueren nunca, porque siempre son recordados. Han dejado un legado de excelencia, imborrable.

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