Casualmente lo descubrió otro ídolo riverplatense, el Beto Alonso. Estaba de vacaciones en Punta del Este y un amigo lo llevó a ver un partido en Montevideo; quedó enloquecido con un flaquito que usaba la camiseta número diez en la espalda y trataba el balón como los dioses.

Alonso en esa época jugaba en Vélez y apenas llegó a Buenos Aires se lo recomendó a Cacho Homsani, dirigente de River. Es que ese Flaco, que en la Argentina se convirtió en El Príncipe por creatividad del relator Víctor Hugo Morales, jugaba bien a la pelota. Era un jugador fino, de jerarquía, precisa pegada y frialdad para definir.

“El técnico Castelnoble, de Wanderers, siempre me decía que dentro del área el que tiene que estar nervioso es el defensor y el arquero, que hacer las cosas simples son más eficaces. De esa manera traté siempre de actuar, estar tranquilo para resolver y buscar el rincón más adecuado para meterla, difícilmente haya rematado a las tribunas”, reseñó Enzo.

A pesar de su bajo perfil, gozaba de gran carisma y se convertía en líder natural del equipo sólo por sus condiciones técnicas, los gritos no le hacían falta.

Hoy cumple 57 años, nació el 12 de noviembre de 1961, en el barrio Capurro, de Montevideo. Francescoli no fue un producto del potrero, empezó a querer a la pelota en el colegio San Francisco de Sales. Allí hizo la primaria y la secundaria. “En el ’80 firmé mi primer contrato profesional, y mi padre, compinche en todo, me había propuesto interrumpir los estudios por un año, para ver si pasaba algo con el fútbol. Así fue que quedó frustrado el proyecto de recibirme en Ciencias Económicas”, expresó Francescoli.

En abril del ’83 luego de arduas negociaciones fue transferido a River, gracias a los avales que presentó Francisco Ríos Seoane. El club millonario estaba con problemas económicos y cerca del descenso. Sus comienzos en la Argentina no fueron felices, aclimatarse le costó muchísimo sacrificio. Pero en 1984 empezó a demostrar toda su categoría y salió goleador del Metro, marcando 24 tantos.

Fue un año mágico 1985, el reconocimiento resultó unánime, recibió el Olimpia y el Balón de Oro. En esa temporada obtuvo el campeonato con el equipo del Bambino Veira se consolidó por segundo año consecutivo como el máximo artillero, con 25 goles.

En 1986 en el Torneo de Verano se hizo muy popular cuando enfrentó el encuentro amistoso con los polacos, en Mar del Plata. Iban perdiendo 4 a 2, hizo el 4-3 y empató Centurión y faltando 10’ para el final. Una genialidad del uruguayo definió la batalla con una chilena impecable metió el 5 a 4. Muy festejado por la hinchada.

Cumplió un periplo europeo y volvió al club de Núñez en su segundo ciclo 1994-1997. Abandonó el fútbol a principios del 1998, y tuvo su partido homenaje con mucho éxito en agosto de ’99.

En River en los dos períodos en 240 partidos logró 136 goles y 8 títulos. Actualmente se desempeña como Manager del club que preside Rodolfo D’Onofrio y contrató a Marcelo Gallardo. Una de las gestiones más brillantes de los últimos años.

Nunca recurrió a declaraciones polémicas para destacarse. No fue partidario de extravagancias ni excentricidades, su estatura como persona y jugador fue de tal dimensión, que no lo necesitaba.

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