Y no hubo virus que haya asustado a tamaña alegría atragantada, con necesidad de salir a gritarla. Y el aforo permitido fue sobrepasado, lo que le podrá caber una sanción, pero a pocos hoy les debe importar. El Brigadier López vibró con la cumbia santafesina que brotaba de los parlantes y el Pulga Rodríguez, aquel emblema y capitán del equipo campeón de hace un año y monedas, con una camiseta negra y roja con el diez dorado en la espalda, finalmente pudo ofrendarle a todo el pueblo Sabalero la Copa de la Liga Profesional. 

Y se gritó "dale campeón", y se dio la vuelta olímpica, y hubo flashes por doquier para inmortalizar el momento, y el escudo de Colón brilló en las pantallas, y se cantó, y se bailó. Se lloró. 

El Negro tuvo su noche, la que no pudo ser por la Sudamericana en Paraguay. A la que le faltaron los fuegos artificiales, que vaya a saber por qué burocrático y frío impedimento, no se pudieron lanzar al aire. 

El Cementerio de los Elefantes rápidamente pasó de ser el campo del juego ante Banfield a ser el tablado para los festejos contenidos por varios meses. Y no importó la estadística actual que reza que este Colón no se parece a aquél que puso de rodillas a un gigante como Racing: ahora es una victoria en los últimos ocho partidos. 

¿Qué tuvo el festejo del Colón Campeón?: La entrega de la Copa de la Liga a los jugadores y al entrenador Eduardo Domínguez, papelitos al viento, mucha música, un video que se difundió por la pantalla gigante. Cosas típicas de una celebración. Ah, la del estribo que casi se pasa de largo: también tuvo una camiseta especial para la noche de gala, diseñada por la empresa que viste al club, con los colores rojo y negro bien impregnados. ¡Nada menos! 

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