Será muy arriesgado decirlo, pero será difícil volver a ver a Diego Abal, dirigiendo a Boca. Claro, los errores del árbitros fueron compartidos por Boca y Estudiantes, pero de todas maneras dejó en los detalles, la sensación de árbitro localista, que supo cómo ir sacando el partido. Cuando cobrar alguna para el Xeneize, y cuando cobrar (bastantes más) para Estudiantes.

En su "rojo", Abal no expulsó a cuatro jugadores. Dos de cada lado y tal vez, alguno más debió haber visto la roja por parte del juez. Arregló con amarillas el choque de Goltz con Apaolaza, cuando el delantero debió haber sido expulsado. Lo mismo con Goltz en otras jugadas a lo largo del encuentro.

Pablo Pérez por faltas en el juego y por agresión sin pelota. Pablo Lugüercio también debió haber visto la roja por faltas repetidas.

Pero donde Abal mostró su mayor déficit que después derivó en estas no expulsiones claras, fue en cargar de amarilla a los jugadores visitantes, como un guiño al juego que había propuesto Estudiantes.

Lo paradójico de este encuentro que fue tan friccionado, que hubieron por lo menos 10 jugadas en las cuales los futbolistas tocaron la pelota con la mano a propósito. De las cuales, Abal cobró menos de la mitad, y por supuesto no amonestó en ninguna ocasión.

Fue un arbitraje de los de "antes". De esos en donde el local tenía algunos permisos y después iba administrando las sanciones.

Claro, dirán que esto es lo que en muchas ocasiones favorece a Boca. Es cierto. Las dos cosas están mal, pero el arbitraje de Abal fue extrañamente muy evidente.

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